Se encontraba en el rincón más oscuro y alejado de la realidad. Sentada de espaldas al abismo, se balanceaba de vez en cuando. Sonreía. En cierto modo, parecía incluso divertirle. O simplemente es que llevaba tanto tiempo en ese mismo lugar que su cuerpo ya se había acostumbrado a estar allí; ya sólo era un amasijo de cicatrices yuxtapuestas entre otros deshechos. Y lo que quedaba de esa criatura ya formaban parte de algo más turbio, más denso, más amargo. Cómo si de una obra de arte deteriorada se tratase. Un débil destello en descomposición disolviéndose entre las sombras. Dejándose llevar por ese estilo erótico, adquirido por Tristeza. Instantes teñidos por la más afilada decadencia y la innegable belleza que puede poseer dicha situación.
Quedarse en ese lugar, esperando, era el placer de los locos. Pero en ese escondrijo, cosas como la cordura no tenían cabida.
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