"La definiría como a la Italia del Siglo XV.Ella es como era entonces esa Florencia engalanada, bella hasta doler"
Esa noche las dos buscábamos algo eterno. Nos buscábamos. Las cosquillas y las tristezas. Las cicatrices y las heridas abiertas. Con los ojos cerrados. Las piernas abiertas. Dos miradas bastaron para enredarme entre sus huesos. Sin agujas de plata ni cordeles de seda me cosí a su piel; apreté con fuerza los hilos, esperando a que se convirtiesen en cadenas. Hasta que doliera. Ella. Yo. Y una lluvia de pequeños destellos entre las dos. El peso oprimiéndome el pecho, latidos como balas en la sien y sus palabras, suaves y razonadas. Amontonándose en mis oídos. Aglomerándose en los ventrículos impidiendo que mi corazón continuase bombeando sangre. Algo dentro de mí se paralizo. Sus palabras me encañonaron el pecho, disparando a quemarropa; me arrojó un "perdón" entre las clavículas, golpeando a un corazón desarmado. Aliviando así, la sed de mis fantasmas. Que en noches como esa más que espectros eran temores encarnados. El temor producido por sus manos acariciándome los errores pasados. Las ganas. De. Y después el llanto. Las velas se habían ido apagando. Consumidas por el calor de nuestros cuerpos y una noche oscura. Tú ibas cerrando los ojos y yo, me iba encerrando entre los huesos de tus costillas. Refugiarme en ti, inundarte el corazón de lágrimas sin que te desveles. Partirme en dos, y darte una mitad. A sabiendas de que te pertenecen las dos. Empapadas en llantos, sudor y risas; abrazarme a ti y seguir con el resto de nuestra vida. |
sábado, 8 de diciembre de 2012
Entre tus costillas
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