miércoles, 30 de enero de 2013

Belleza mayúscula

Me encanta (re)correr(me) descalza por las orillas de tu cuerpo en invierno. El frío me atraviesa de pies a cabeza, y se acomoda en el corazón. Como si fuera una estación. Una sala de espera. Pero casi ni lo noto, el frío anestesia todo lo que me hace humana. Y eso me parece algo tan cruel que termina por excitarme. Tanto que me vuelvo oleaje, con la suficiente fuerza como para golpearte una y otra vez en las costillas. Que son como rocas, erosionadas y maltratadas por el paso de los años. Y los daños, que aunque se alivian nunca se olvidan. 
Siempre me gustó el mar, incluso antes de saber que este a veces tiene nombre de mujer. Aunque, jamás entenderé el motivo de porqué los amantes escriben sus nombres en la corteza de un árbol y no sobre las rocas que hay a los pies de cada acantilado. Supongo que no hay mejor símbolo de eternidad que una cicatriz. O quizás, es que, no todos los ojos están hechos para poder observar la belleza cuando es líquida. Cuando no tiene curvas con las que matarse. Ni tablas a las que agarrarse. Parece que la belleza deja de existir.
Pero debes saber algo pequeña belleza mayúscula, deseo sumergirme en tus profundidades. Sin importar ahogarme. Deseo perderme en ese Triángulo de las Bermudas que tienes entre las piernas y apuntarte con la lengua. Quiero ver como esperas recibir la bala de mis labios. Y con ellos, un orgasmo que convierta todas tus escamas en alas. Deseo atravesarte con un arpón ballenero, tan sólo, por la satisfacción que produce saber que nadie más lo habrá hecho. Y créeme, no hablo de romperte el corazón. Pero si quizás de desnudarte y comerte entera. Siempre me gustó el sushi. 

Y tú, tal vez lo desees también. O, no sé. Tampoco importa ya, con el agua al cuello y tus brazos rodeándome la cintura. 




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